El fútbol nos une: socialización, rituales e identidad en torno al fútbol.
Socialización
Berger
y Luckmann (2001) hablan sobre la internalización de saberes compartidos en una
sociedad. A esto le llaman “socialización”. La socialización es el conjunto de
saberes que se transmiten al individuo desde su nacimiento. Esto tiene como
lógica introducir la visión de un mundo en específico. Para ello distinguen
entre “socialización primaria” y “socialización secundaria”. La socialización
primaria se da en casa, en el seno de la familia donde crece el individuo. Para
un niño, la internalización de saberes parte de la relación con sus padres, y
ello tiene una carga afectiva constante. La socialización secundaria se da en
los espacios institucionales externos a la familia: escuela, trabajo, iglesia,
grupos de ocio, etcétera.
Ahora
bien, en términos concretos, la socialización marca pautas de comportamiento,
objetivación y explicación del mundo a través de la intersubjetividad, pues no
pienso que un padre le enseñe cierto valor a su hijo y este último no sea capaz
de sólo internalizarlo y objetivarlo, sino de exteriorizarlo a su propio padre
y sus futuros hijos con nuevos referentes que refuercen la idea que su padre le
transmitió o que la cuestionen y le den nuevos significados. Esto despertaría
una pregunta sobre ¿cómo el individuo se hace fanático, aficionado o seguidor
de un equipo de futbol?
Rituales
“El
ritual es uno de los elementos más importantes no sólo para transmitir y
reproducir valores, sino como instrumento de generación y modelado terminal de
esos valores” (González, 1994, p. 162). Mediante este se cargan semióticamente,
prácticas, lugares, tiempos, personajes, comportamientos y grupos sociales a
los cuales el fanático se vincula y forma parte de una colectividad. En esa de
formación “el sujeto social en proceso de identificación va generando formas
simbólicas, sin las cuales no es posible interpretarse y reconocerse. Estas
formas simbólicas necesariamente estarán basadas en experiencias históricas, en
retos colectivos, en enemigos comunes” (Paoli, 2002, p.168).
El
fútbol es un rito de repetición periódica, que sirve para reafirmar la unidad
de la afición. Tanto la cultura como las identidades en torno de este deporte
no son un espacio simbólico acabado están en permanente edificación, ya que es
una arena tensional en un doble sentido, uno desde el terreno en el que desde
distintas posiciones, se definen y redefinen las aficiones de manera constante;
y el otro sentido es el conflicto genérico que puede representar para las
mujeres al participar en un espacio históricamente masculinizado.
Para
Jorge Meneses el ritual presenta tres momentos: el margen, la agregación y la
separación. En el caso del fútbol, el margen se presenta cuando el espectador
es consciente del juego, sus reglas, las figuras, las instituciones, etc., pero
no se siente parte o no se identifica con una afición, cuando ocurre este reconocimiento
se presentan la agregación y la segregación (ser parte de una afición pero al
mismo tiempo marcar la frontera entre la cultura de esa afición con otra).
Identidad
El
fanático crea una identidad y una cultura de lo propio. El aficionado al ser parte
de una colectividad que comparte una visión, por su equipo y por lo que
representa, la llena de sentido, la reconfigura, la reafirma y la defiende de
„otras‟ visiones o aficiones. ¿Cómo se
genera esta identidad? inicia con el imaginario, su percepción entorno al
deporte que se complementa con las narrativas sociales o la cultura de un
determinado club, éstas sentarán las bases para que un fanático se identifique
o no con esos valores y formas simbólicas, y por lo tanto se reconozca como un
aficionado a ese equipo.
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